martes, 7 de diciembre de 2010

Biblioteca de Autores Zulianos: el tiempo y sus nombres

Hoy se ha presentado en el Edificio rectoral de la Universidad del Zulia [LUZ] lo que –desde mi punto de vista- ha sido un verdadero tesoro: la nueva colección «Biblioteca de Autores Zulianos», editado por el Consejo de Publicaciones  de LUZ. Es un tesoro por dos motivos. Por un lado, implica la recopilación de verdaderas joyas de la literatura zuliana, inaccesibles para los más jóvenes. Por el otro, saca del olvido a aquellos que han venido construyendo la historia intelectual de la región. La primera razón tiene que ver con la democratización de la producción cultural, hacerla accesible para que aquellos que quieran aprovecharla puedan tener disposición a ella. La segunda razón es de justicia: dar a conocer a aquellos que han caído en algo peor que el anonimato: la omisión.
La colección está constituida por la selección de textos de doce autores, acompañadas por un prólogo escrito por especialistas en el área. De Rafael María Baralt, Reyber Parra seleccionó una antología de textos políticos. El famoso cuento de Jesús Enrique Lossada, “La Máquina de la Felicidad”, sirve para titular un conjunto de relatos cortos del rector eterno, figura representativa del intelectual zuliano del siglo XX, escogidos por Mario Morales. Udón Pérez y Emiliano Hernández, figuras literarias fundamentales de inicios del siglo pasado, fueron antologados por el maestro Camilo Balza Donatti. También hay selecciones poéticas de José Ramón Yépez, María Calcaño, Eduardo Mathyas Lossada, Ismael Urdaneta, Marcial Hernández, Elías Sánchez Rubio, Ely Saúl Rodríguez, y Olga Luzardo, compilaciones introducidas, respectivamente, por Guillermo Yépez Boscán, Esmirna Párraga, Rafael Molina Vílchez, Edixon Morales, Jesús Ángel Parra, Claudio García Soto, Ebrahim Faría, e Ileana Morales. Tal esfuerzo, grandioso por demás, implica reconstruir buena parte de la memoria literaria zuliana, archivada e inaccesible muchas veces.
Aunque los nombres de algunos de estos autores pueden ser conocidos por un público más o menos enterado, en términos generales, están cargados de representaciones totalmente aisladas de su obra [p.e. Udón Pérez, Jesús E. Lossada, María Calcaño] Estos textos no deben ser vistos sólo como compilaciones literarias. Son verdaderos documentos históricos: representan una vida –asociada con otros hombres- y una época, donde los procesos sociales e intelectuales ayudaron a construir el presente. Un ejemplo emblemático es Olga Luzardo, poetisa zuliana que también fue una activa militante comunista y organizadora social. Ella es un verdadero ejemplo de lo que es el olvido: es la única que aún vive, sumida en una existencia anónima.
Esta colección es una tarea pendiente del mundo artístico, cultural y educativo zuliano. Es increíble cómo puede ser que en nuestro estado no se hubiese podido establecer un programa estable de difusión y rescate de nuestros valores intelectuales. Dos casos son emblemáticos: la persistencia tenaz y aguerrida de la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses y la Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos, proyectos de los estados Táchira y Miranda respectivamente. Invito a la Universidad a que esta Biblioteca no se quede sólo en estos doce volúmenes, que en los próximos años sea posible ver la continuación de nuevas selecciones.
Todo esto es una noble batalla contra la desmemoria y la omisión. Sería –tal como señaló el Prof. Ángel Madriz, director del Consejo de Publicaciones- darle nombre al pasado. Mis más sinceras felicitaciones a la Universidad del Zulia en este esfuerzo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El adiós a una institución: la Librería Cultural

El libro no es sólo el soporte de papel donde es posible conocer, incluso, el Universo. Alrededor a él hay todo un cosmos de instituciones y prácticas asociadas. Están quienes los escriben, quienes los producen, y quienes los distribuyen para que –en tanto que producto- llegue a su destinatario final. Es una compleja cadena de actores que hacen posible que todos podamos, independientemente de la situación en la que se produzca el acto de lectura, tener el libro en la mano.
Quienes somos afectos a la lectura, ir a la librería es un placer morboso del cual nos llegamos a jactar. La librería es aquel espacio en el que nos sentimos cómodos para mirar y acceder al cosmos del libro. También es el espacio del placer: descubrir una nueva edición o un nuevo título, toparse con un texto valioso que ha sido desdeñado. El placer de encontrarse con otros similares, escudriñadores de la palabra o de la imagen, insaciables devoradores del contenido. De adolescente ya era un asiduo visitante de las pocas librerías que había en Ciudad Ojeda. Cuando llegué a Maracaibo, inmediatamente me acerqué a sus espacios del libro y los convertí en un destino de cotidiano arribo, la casa de un amigo al que siempre llegaba a tomarme un café.
Por ello, cuando ayer vi la vidriera vacía y el aviso en la puerta, sentí que confirmaba una pérdida que deduje y que debía confirmar. El amigo había fallecido algún tiempo atrás, y apenas entonces me enteraba. La Librería Cultural estaba cerrada. En tanto que el sentido de la pérdida se siente en la ausencia, sólo requerí para sentirlo la vista de un local vacío.
En el párrafo anterior dije que confirmé una deducción. Esta frase requiere una aclaratoria. Tras toparme con una vieja edición en el Mesón de ofertas de una muy conocida librería de la ciudad, vi que éste tenía el sello de papel que identificaba a los textos que se vendían en la Librería Cultural. Sólo habían dos opciones: era una reventa, o era la venta de un lote de liquidación. Los hechos confirmaron la segunda opción.  
Fundada por el Sr. Ángel Vela González, la Librería Cultural era una verdadera institución en Maracaibo. En ella no se vendía sólo libros: también se llegó a editar libros y pequeñas publicaciones periódicas. El Zulia Cultural hace bastante tiempo, hasta hace poco la hoja “Entre Amigos”, incluso un curioso almanaque de aparición anual. Buena parte de mi biblioteca personal fue adquirida allí. Siempre había algo que ver, siempre había algo que comprar, siempre había alguien con quien hablar.
La Librería Cultural que conocí hace veinte años era un espacio bien dotado y en constante renovación. Con el tiempo, se hizo visible el deterioro: cada vez había menos novedades, siempre estaban los mismos libros. Se veía que el cambio de la vitalidad del espacio estaba íntimamente relacionado con los cambios vitales del propio Sr. Vela. Su sueño sobrevivió algún tiempo más a su persona. Al final de cuentas, él era la librería.
 Maracaibo ha perdido muchos de sus espacios del libro a lo largo de su historia. Desde mi llegada a Maracaibo, lamenté los cierres tanto de la Librería Kuai Mare –ubicada en el centro de la ciudad- como la que estaba en el Centro de Bellas Artes. Declaro públicamente mi pesar por la desaparición de este espacio, lo lamento como cuando se pierde a alguien por el que se tenía cierto afecto lejano. Al final de cuenta, tal como se llamó la hoja mensual elaborada por el Sr. Véla, de lo que se trataba era de estar entre amigos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El Cuervo y su carcajada

Miranda, Álvaro (2009). La risa del Cuervo. Caracas, Fundación Editorial el Perro y la Rana, 137 pp.
Hace algún tiempo, leí un texto acerca de la decapitación en la guillotina durante la Revolución Francesa. Entre los detalles acerca de tan macabro suceso, recuerdo de una manera visual la insinuación del hecho que –una vez caída la cabeza- era mostrada a la multitud que morbosamente miraba el hecho. Se insinuaba que era posible ver, en algunas ocasiones, el rostro de la víctima mirar y hacer gestos. Tal imagen me insinuó uno de las posibilidades que mayor horror he tenido: la probabilidad que en ese momento, atroz por demás, el occiso tenga un breve momento de conciencia antes de morir.
Esta idea conmovedora resurgió cuando encontré La sonrisa del Cuervo, una novela corta escrita por el Álvaro Miranda. Me sorprendió leer en su presentación que el personaje considerado no era más que José Félix Rivas, el héroe patriota venezolano de la batalla de La Victoria, recordado cada año por la conmemoración del Día de la Juventud. Lo novedoso del tratamiento de la historia está en su carácter fantástico: el relato da cuenta de sucesos después de su muerte, un Rivas que sigue consciente aún después de su infame sanción.
La leí y la sorpresa no puede ser mayor: además del relato de Rivas, también aparecen personajes como Alejandro de Humbolt, Manuelita Saenz, incluso José de San Martín y David Curtis DeForest. Sin embargo, el personaje que los atraviesa a todos es el cuervo, tanto de aparición individual o en grupo. Como se sabe, el Cuervo es visto –en la literatura romántica, marcada por la obra de Edgar Allan Poe- el mensajero de lo trascendentalidad oscura, inmanente y presente en la angustia de la existencia. Inevitable pero que está allí.  
Esta novela corta es una verdadera curiosidad: el autor, Álvaro Miranda, nació en Santa Marta, Colombia, en 1945. Es verdad que la reseña biográfica en el libro lo presenta como poeta y novelista, cuya obra ha sido traducida al inglés, ruso y catalán, además de premiada en múltiples ocasiones. Sin embargo, no dice detalles que –desde mi punto de vista- ayudan a comprender mejor su esfuerzo: Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de la Salle, también es un historiador interesado en el Caribe como ámbito y esencia. Sería interesante preguntarle cómo fue que un historiador colombiano –con una notoria profundidad- ha sido capaz de captar la esencia de personas que, incluso para un venezolano interesado en la temática, han pasado desapercibidos.
Definitivamente, tan cerca pero al mismo tiempo tan lejos: primera vez que oigo sobre Miranda y su obra. Una lectura rápida en Internet señala que en mayo de este año estuvo en el país en ocasión del 7mo Festival Mundial de Poesía. Curiosamente, dijo lo contrario a lo que yo dije palabras atrás: las literaturas colombiana y venezolana están tan cerca. En verdad me gustaría que fuese verdad.
No sé si ésta es una obra posmoderna, tal como lo señala Alexander Stefanelli, investigador de la Universidad de Florida. Aunque miro con sospecha las recreaciones literarias de los hechos históricos, invito a los lectores del presente texto a la posibilidad de acercarse a esta obra. Es, además de conmovedora, una lectura fantástica que marca la posibilidad de aprendizajes sensibles y reinterpretaciones acerca del momento germinal de nuestra independencia. En caso de ser posible, acompañaría esta lectura con la película «Taita Boves» de Luis Alberto Lamata.